Aunque he dado por concluido mi presentación de lo que llamo “Pintura de las Mesetas” no se crea el lector que todo castellano está irrevocablemente condenado a reflejar su medio geográfico como único modo de expresión estética. Buen ejemplo de ello es la pintura de Álvaro Reja.

Este es un autor que, desde las parameras castellanas de Palencia, dirige su mirada no a las llanuras infinitas de las mieses que en este mes ya comienzan a amarillear, sino a sus propios mundos interiores, también infinitos, pero poblados de fábulas y personajes míticos, tal como si fuesen los pequeños geniecillos que en la Feria Chica pululan para encanto de los más niños.
Le traigo aquí, porque le admiro, pero le admiro porque encuentro en él dos cosas que suelen ser escasa en los pintores. Primero, su profunda maestría con el color. Son sus obras de una limpieza absoluta donde el óleo, -trasparente la mitad de las veces- , produce el gran espectáculo de un arco iris capturado sobre el lienzo a la primera, sin dudas ni correcciones. Como las fotografías hablan por sí mismas, le pido a usted que las mire con detenimiento, pues su contemplación es la mejor de las explicaciones. Evidentemente estamos ante un autor dotado de un don especial.
Y, segundo, porque siendo una pintura que sale de su propia alma no recurre al “desgarro” para expresarse. Es frecuente que los artistas que pintan no la realidad externa, sino su propio mundo interior, usen el fácil expediente de lo trágico para dar peso a su obra y captar la atención del público. Todos sabemos que la tragedia “vale” y “vende”. Pero esto es una trampa, uno de los recursos con que la mediocridad se disfraza, respondiendo al tópico erróneo de creer que bucear en la propia intimidad sólo puede dar como resultado el desgarro y el dolor. ¿No puede encontrarse quietud y serenidad en los pliegues de la propia alma y expresarlos tan bellamente que resulten ser una obra embelesadora y grata?. Por eso Álvaro Reja no recurre a este artificio.

Álvaro Reja mira dentro; pero no encuentra dolor, ni conflictos, ni terribles contradicciones .
El mundo interno de Álvaro Reja está poblado de seres frágiles que desde su hermetismo nos hablan de una realidad poblada de sueños y recuerdos, quizá de la infancia, pero que afloran vestidos por las categorías del arte, silenciosamente, por amor y gracia de unos pinceles maestros para los que el color no es ningún problema y el dibujo es algo tan natural como para los pájaros el aire.
Y así, la unión de la maestría y su pequeño cosmos totalmente personal, hacen de su obra algo perfectamente cuajado, algo maduro y original… precisamente porque no tiene ninguna voluntad de romper moldes.
Esta última cuestión nos lleva al sempiterno problema de qué sea o deba de ser la obra de arte; problema que en estos tiempos se encuentra agitado por todas las corrientes del arte… esa batalla entre arte de vanguardias, arte contemporáneo, arte coetáneo. La respuesta de Reja es sencilla: pintar es pintar. Sin prejuicios.

…Quizá nos encontremos ante un clásico. Pero eso el tiempo lo dirá.

Joaquín Belmonte