Desde siempre la presencia de los cielos en la pintura del paisaje ha servido de mero acompañamiento. Lo sustancial es la tierra, son las montañas, o la vegetación. Este hecho lo constatamos fácilmente sólo con preguntarnos cuanto espacio se deja habitualmente para pintar lo «que no es sólido»; y la realidad resulta convincente: dos tercios del cuadro «se encuentran ocupados», y, como mucho, una tercera parte sirve de «acompañamiento»; pero hay más, este espacio vacío, los cielos, muchas de las veces únicamente sirve para acentuar y complementar la perspectiva del paisaje, que es lo mismo que decir que cumple una función secundaria, al servicio del verdadero tema.
Sin embargo en algunos pintores castellanos la presencia del cielo tiene peso específico. No es que pinten sólo cielos, pero sí que no es mero acompañamiento, resultando ser su fuerza, su intensidad, y su misterio el motivo principal de la obra. La explicación de este fenómeno es sencilla: Castilla, cualquiera de las dos Castillas es, en sus mesetas, tierra abierta y franca, donde el espectador encuentra ante sí una infinita línea. Puede que entonces incline la mirada hacía abajo, y el espectáculo serán los labrantíos; pero si levanta la vista, irremediablemente no encontrará mas que cielo: cielo profundo, limpio, majestuoso.

También puede ocurrir, y ocurre, que en momentos singulares las luces del amanecer o de la puesta se encuentren en la faena divina de trasfigurar toda la realidad envolviéndola con sus claridades, o, si hay suerte, que una infinita tormenta tome el relevo con sus negros, sus rojos o sus verdes, cubriendo todo, desde oriente a occidente, tal cual si fuese una declaración metafísica sobre estas tierras trigueras de «pan llevar». En esos momentos el espectáculo solamente es el cielo.

Y el pintor pinta el cielo.

Pero al trasladarlo al lienzo, al hacerlo, lo que hace es reflejar la Meseta. Pero hay más. En los profundos días de febrero, cuando el sol perfora la atmósfera tras la lluvia, los cielos abren el camino vertical de la luz dando extraños amarillos que tiñen todo el campo de una manera no sé si misteriosa, pero ciertamente con una rara magia que, envolviendo la realidad, hacen de ellos, por unas horas, el milagro de color. Y esto choca con los tópicos de una tierra dura, agostada por la luz del verano… y horizontal. Ni lo uno ni lo otro.

Y es que en este instante castilla es un paisaje vertical., quizá porque la debilidad del sol haga que su luz sea más como columnas de cristal que cuando siendo el feroz señor de los agostos aplica su ley aplastando estas pajeras de cereal. Sea como sea, tanto en invierno como en verano los cielos de las Castillas, son, para algunos pintores, Castilla en estado puro.

Es por ello que en la pintura de la Meseta, de cuando en cuando aparezcan pintores cuyo tema central sean los cielos, casi casi olvidándose de todo lo demás, dándonos esta otra Castilla, despegada del terreno, poco asida a las anécdotas, de algún modo, atemporal; que roza, sin pretenderlo, la abstracción.

Termino aquí este breve viaje por la pintura de unos pocos autores mesetarios. He pretendido únicamente llamar tu atención, amigo mío, sobre algunos aspectos de este arte poco conocido o, quizá mejor, conocido pero poco percibido en su singularidad, si lo comparamos con toda la producción artística que se da en nuestra España. Supongo que es su destino el que va unido al de las tierras que refleja, tan extensas como irrelevantes en el imaginario nacional.
Fin de camino. Quisiera que esta compañía, por las llanuras de mi tierra, te haya resultado grata. De cualquiera de las maneras, gracias por leerme.
Otra vez, gracias.

Joaquín Belmonte