Normalmente cuando hablamos de pintura de paisaje solemos, supongo que inconscientemente, imaginar campos verdes, arboledas y un fondo de montañas. Ese es el paisaje por antonomasia. Ese es el paisaje europeo, el mismo que, adaptado a nuestro gusto trajo Carlos de Haes desde su Bélgica natal hasta su Catedra de Madrid allá por la segunda mitad del XIX………
Sin embargo, España, con sus crisis de identidad, con su generación del 98, con sus pensadores como Unamuno o pintores tal que Zuloaga, fueron abriendo camino a una concepción distinta de este género pictórico que, con el paso del tiempo, desemboca en esos artistas que bien se pueden llamar «pintores mesetarios».
Son «pintores mesetarios» aquellos que, sin renunciar a la peculiaridad de la pintura del paisaje como una pintura descriptiva, narrativa, si que lo hacen a parte de los colores de la paleta y a muchos motivos, para centrarse en la búsqueda del profundo desnudo que tenemos en la geografía de ambas mesetas.
Estos pintores narran una historia, frecuentemente fuera del tiempo, que nos sitúa ante un tipo de realidad tan descarnada como bella.
Frente a las composiciones gratas, amables, de otros estilos, por cierto, nada desdeñables, estos son autores de esencias, buscadores de intangibilidades, perseguidores de la minimalidad, casi casi abstractos, sin pretender serlo, quienes posando sus pinceles sobre una realidad concreta extraen de ella aquello que siendo casi nada, lo es todo. Y esto se refleja en su obra.
Como ejemplo de ello, propongo la figura de Martínez Novillo quien desde su ascetismo pictórico nos presenta una visión de la Mancha verdaderamente interesante. Le presento, pero no quiero comentarle ya que soy uno de esos convencidos de que ante la pintura es mejor ver que hablar dado que es un arte donde lo que se trasmite no es adecuadamente expresado por la pura palabra. Y por tanto mejor dejar de escribir y que sea la obra quien tome el protagonismo.
Solamente recalcar ese fenómeno curioso por el que este tipo de pintura traspasa la frontera de lo grato para llegar directamente hasta las regiones de la belleza pura, y aún más, sobrepasa las fronteras de la belleza para penetrar en la mismidad del alma humana.
Comienza el silencio.

Es el momento de la vista



Joaquín Belmonte